martes, 5 de agosto de 2014

Chicas de Brooklyn, de Gemma Burgess

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Pia se desmadró en la última fiesta. Las fotos de la juerga han sido subidas a Facebook, su jefe las ha visto y la ha despedido. Ahora está más que desesperada. Apenas lleva una semana en Nueva York, el sueño de su vida, y todo se ha ido al traste. Por si esto fuera poco, sus padres le dan un ultimátum: si no encuentra trabajo, vuelve con ellos a Zúrich. 

Por fortuna, contará con la ayuda de sus compañeras de piso, sus mejores amigas. Será con su apoyo con el que saque adelante un negocio de un camión de comida rica, pero saludable: Ruedas Flacas. 

Chicas de Brooklyn, de Gemma Burgess, es una lectura idónea para esta estación, sobre todo, por la frescura de sus personajes: cinco veinteañeras recién licenciadas que tratan de hacerse un hueco en el mundo profesional mientras lidian con sus problemas personales, casi siempre amorosos. Estamos ante unos personajes femeninos bien construidos que se diferencian entre sí. 

En esta primer entrega conocemos muy de cerca a Pia, que nos narra la historia. Ella es la inmadura del grupo, porque aunque evoluciona, la verdad es que su personalidad no termina de encajar. Digamos que es la mar de exagerada y le va mucho el drama: es la hiperbólica de las cinco. Por otro lado tenemos a Angie, la mejor amiga de Pia, la que mejor se lleva con ella, obsesionada con la moda y alocada; Julia, la más responsable, la que nunca pierde el control; Coco, la hermana de Julia, la más inocente y dulce; y Maddie, independiente, seria y fría. 

Otro punto atractivo es el escenario. Nueva York es la ciudad de los sueños, esa que todos conocemos, aunque nunca hayamos puesto un pie en ella. A pesar de tener un papel secundario, sin duda es el telón de fondo perfecto. Esto junto a ese grupo de amigas hace que el libro me haya recordado de forma ligera a Sexo en Nueva York, una de mis series favoritas, pero el parecido es muy superficial: aparte de esos dos aspectos, poco más tienen que ver. 

Encontramos en sus páginas romance, pero no en cantidad: no es el eje sobre el cual gira la historia, aunque hay un ex novio al que Pia no ha podido olvidar y un chico nuevo con el que puede que surja algo más. 

Ahora bien, lo que falla en Chicas de Brooklyn son las situaciones: son tan surrealistas a veces, que no despiertan la carcajada, más bien la incredulidad. Estamos ante un drama más que un libro hilarante, que nos hará sonreír en algunos momentos y que despertará nuestra curiosidad. Si bien se deja aquí la historia de Pia cerrada, hay otras tramas abiertas protagonizadas por sus compañeras de piso: serán ellas quienes narren las siguientes entregas, cada una centrada en un personaje distinto.

Aunque es un libro refrescante, le falta un poquito de fuerza, pues no es hasta la mitad cuando esa Pia y su aventura al volante del camión de comida parece más interesante volviéndose más ágil. Con todo y con eso, es una novela veraniega, porque es muy ligera y entretiene, hace olvidar el calor.

martes, 29 de julio de 2014

La cocinera de Himmler, de Franz-Olivier Giesbert

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No es un libro divertido ni hilarante, no es una novela para reír. La cocinera de Himmler, de Franz-Olivier Giesbert, no es casi nada de lo que se dice de ella en las solapas y contracubierta. Tampoco es una obra centrada en la II Guerra Mundial, como parece por su título. Y si no es eso, ¿de qué va esta obra?

El peso de toda la historia recae en Rose, una peculiar cocinera de ciento cinco años que ha vivido mucho, demasiado, y que está muy lejos de ser una abuela adorable. Posee un gran carácter, es fuerte y sabe sobreponerse a las circunstancias trágicas: la desgracia la ha acompañado desde siempre. 

Y es que, como ella misma explica, nace en el siglo equivocado, el XX, el de los grandes crímenes de la humanidad: coincide con Hitler, Mao y hasta Stalin. De un modo u otro, siempre se ha visto envuelta en las grandes hecatombes. Es la Historia, dice, la que le ha quitado lo que más ha querido: sus padres, su gran amor, sus hijos. 

Rose nos cuenta su historia despacio: una carta, a nombre de Renate Fröll, es lo que desencadena su necesidad de hablar. El ritmo es más bien pausado además, apenas hay intriga, aunque en esas críticas mencionadas se afirma todo lo contrario.

Pero eso no es el principal aspecto negativo, pues no siempre encontramos entre las páginas de un libro aquello que los críticos, la sinopsis o el título nos prometía. La novela arranca muy bien, lo hace, pero conforme avanza pierde muchísima fuerza, se desinfla por completo. Sí, hacia la mitad, cuando llega la II Guerra Mundial, la trama remonta un poquito, pero no lo suficiente. 

Aparte de la sucesión rápida de acontecimientos, ninguno tratado con profundidad, son simples pinceladas que a veces se escapan, pues se dan muchos hechos históricos por bien conocidos, pocos de ellos resultan verosímiles. En otras palabras, pese a ser sucesos que han ocurrido de verdad, yo no me he creído que Rose los haya vivido. Conforme leía, lo que me parecían determinadas escenas es uno de esos montajes fotográficos deficientes en los que se ve que la persona ha sido recortada y mal pegada en un fondo ideal.

Ningún secundario destaca porque pasamos muy de puntillas por ellos y no llegamos a conocerlos. Si por algo sobresale alguno es porque no encaja en ese cuadro, porque su papel no convence. Es el caso de Samir el Ratón, un niño experto en ordenadores, todo un hacker, que habla como un adulto, al que la protagonista encarga que investigue sobre la tal Fröll.

¿Y qué decir de la protagonista? Lo cierto es que no he podido empatizar con Rose. Lo hice al comienzo, cuando sus plan de venganza contra aquellos que consideraba culpables de sus males me atraparon, pero luego dejó de interesarme. Creo que es un personaje de piedra, frío a más no poder y al que no parece afectarle nada. Quizá todo se deba a lo que vive de niña, que marca su vida de adulta, pero no termino de comprenderla. 

La protagonista evoluciona, pierde la inocencia del comienzo: Rose tiene ciento cinco años, pero lleva siendo mayor desde pequeña. Aunque no tiene la fuerza de otros personajes de este tipo, destacaría su cinismo, su ironía y su forma de ser basta y deslenguada. Sin embargo, no la considero alegre: a mí no me ha transmitido esas ganas de vivir que no se cansa de decir que tiene. En este sentido, me ha llegado a resultar muy contradictoria.

Tenía ganas de leer este libro, y en mi caso me engañó más el título: las historias sobre la II Guerra Mundial me atraen muchísimo. Por esta razón me apunté a la lectura conjunta que organizaron varios blogs, El Universo de los Libros, entre otros. No ha sido lo que esperaba. A veces la sorpresa en estos casos es grata, pero en esta ocasión no ha sido así: pesan muchísimo más los contras que los pros, que se quedan en poco más que un puñado de frases para subrayar.

martes, 22 de julio de 2014

Claudia, de Miriam Dubini

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Claudia tiene doce años, pero sabe bien cuidarse sola. Aunque vive con su madre, apenas la ve y su relación con ella no es perfecta. No tiene amigos, tampoco saca buenas notas. 

Lo único que le hace sentirse bien es su bicicleta. Con ella recorre las calles de Roma, dejándose llevar. Uno de esos días en los que pedalea por la ciudad, conoce a un chico, Anselmo, al que también le apasionan esos vehículos de dos ruedas.

Pero una nueva compañera de clase, Emma, que es muy entrometida y actúa como si tuviese muchísimos años más, se ha empeñado en acercarse a ella y a Lucía, otra chica que va a la misma clase: quiere que las tres sean inseparables. 

Y es uno de esos días que están juntas cuando Claudia vuelve a encontrarse con Anselmo. A partir de ahí, las compañeras de clase la embarcarán en una extraña aventura que las llevará a descubrir el secreto del joven, ese por el que cada vez que el viento cobra fuerza, sale disparado cargado con una bolsa en la que guarda sobres que recoge y entrega a desconocidos. 

No esperaba encontrar magia en este libro, y la hay. De hecho, la parte del chico misterioso y ese secreto que esconde es la más interesante de la obra, la que la hace original. Pese a que hay grandes dosis de amor, le sobra algo de azúcar, este no resulta creíble: la culpa la tiene, de nuevo, ese amor a primera vista tan poco natural.

Por otro lado, los personajes femeninos se hacen algo insufribles, sobre todo al comienzo: son unas niñas, por mucho que se empeñen en lo contrario, y están en plena edad del pavo, como se suele decir.

Sí que aplaudo el gran protagonismo que tienen las bicicletas, donde veo cierto tono reivindicativo a favor de este transporte que no contamina.

En cuanto a la forma, el lenguaje roza en ciertos momentos lo poético, pero tiene pequeños fallos, algunas incongruencias leves que se suman a unos cuantas preposiciones y algunos artículos mal empleados.

Pese a que la cubierta no es de mi agrado, no me gusta el dibujo de la chica a ordenador, que además es más mayor que la protagonista, el interior está muy cuidado. Tras esas tapas duras encontramos unas hojas de cortesía en el que hay pintadas unas bicicletas en color celeste. Además, cada capítulo empieza con una letra capitular que incluye a Claudia pedaleando, por no hablar de las plumas en blanco y negro que aparecen en cada una de las esquinas de las hojas que conforman la novela.

Claudia es la primera parte de una serie de libros que giran en torno a las bicicletas, cuyos personajes principales van donde les lleve el viento porque es él el que marca el ritmo, el que aporta la magia y el encanto que le falta al elenco de secundarios y a la historia de amor entre los protagonistas: sin ese toque mágico, el libro no destacaría.